
Lindas palabras de González Pecotche a continuación:
La personalidad ideal, el arquetipo y la edificación del concepto
Existe la convicción general, refirmada por la experiencia, de que son muy pocos los que habiendo emprendido una determinada actividad, llegan al objetivo perseguido.
Estimamos que del análisis que habremos de realizar sobre este punto, habrán de surgir para el alma joven y ansiosa de triunfos, muchos aspectos de gran interés e indudable valor, que si son tomados en cuenta propiciarán luego los más hermosos resultarlos.
Es una verdad innegable que a medida que el ser humano penetra y se interna en la vida, va construyendo su verdadero arquetipo: el arquetipo ideal que dará forma al contenido de su existencia. Ese arquetipo que el hombre construye toma para los demás el nombre de concepto; y se sabe ya que a cada uno se lo juzga conforme al concepto que merece de los demás.
No hay que olvidar, pues, que por pertenecer el concepto a la categoría de lo ideal, y en cierto modo estar igualmente comprendido en el mundo de lo abstracto, es susceptible de sufrir alteraciones diversas y llegar, en algunos casos, hasta la descalificación, o mejor expresado aún, al desconcepto. De ahí que deba cuidarse el concepto como a la propia vida, queriendo significar con esto, cuidar de cuanto pueda desmerecerlo o dañarlo a fin de mantenerlo incólume frente al juicio de los demás. Pero ello no basta; hay que defenderlo también contra toda malicia y todo intento extraño de agredirlo y lastimarlo: la envidia, el odio y la suficiencia despectiva, fomentan en la mente humana los más raros antagonismos, cuya finalidad, por lo común, es la de atacar al semejante con la más cruda intención de herir su concepto, máxime cuando éste ya ha alcanzado el rango de prestigio.
No es necesario hacer resaltar mucho esta circunstancia para que se advierta cuán indispensable es forjar el arquetipo de referencia y construirlo sobre cimientos inalterables; más aún, indestructibles y eternos, en forma que si la vida cae en la lucha, el arquetipo, como fue visto en muchos casos, sobreviva apuntando con letras de oro en las páginas de la Historia, aureado con un resplandor inmortal, configurado a los ojos humanos como algo sobrenatural, pues ese mismo arquetipo ya plasmado en la Historia, y en el recuerdo perdurable de cuantos conocieron su vida, sigue erigiéndose en ejemplo de virtudes y es el más poderoso acicate del espíritu en aquellos que quieren alcanzar la gloria edificando un arquetipo similar.
Bueno será advertir aquí, el error en que muchos incurren al pensar que es suficiente seguir una conducta más o menos ordenada durante cierta época de la vida, para luego apartarse de esa línea trazada entrecortándola con actitudes y comportamientos reñidos con ella. Esto es no tener una noción exacta de la trascendencia que reviste el cuidado del concepto y su significado espiritual en el presente y futuro de la existencia humana.
Tras lo expuesto vemos dibujarse nítidamente los casos que particularizaremos expresamente. Tomemos primero el común, vale decir el concepto que se elabora, casi podríamos asegurar, con fines preferentemente utilitarios, o sea con miras egoístas, en las que van desde el elogio personal hasta la ostentación, y donde se busca y se fuerza, por así decirlo, la valorización del propio concepto en los demás. Pueden incluirse también en este caso a aquellos cuyo concepto no sobrepasa los límites de la amistad personal o los reducidos ambientes en que actúan.
Si se quisieran puntualizar ejemplos a propósito de la mediocridad del concepto, habría para escribir volúmenes enteros, pero lo primordial aquí es señalar el caso opuesto, en el que adquiere importancia y trascendencia el término merced al cual la vida cobra su verdadera dignidad, es decir, el concepto en su expresión elevada, que es en síntesis la credencial con la que cada uno se vincula a sus semejantes y recibe a la vez de ellos el tratamiento acreditado en la misma. Se comprenderá muy bien que la edificación del concepto no es cosa fácil, ni tampoco difícil, pero sí un asunto muy serio, máxime si se lo aprecia en toda su amplitud como algo propio e ineludible de la vida misma. desfavorablemente sobre sus conceptos. El pintor, el escultor, el poeta, el escritor y todos cuantos cultivan alguna de las aficiones del espíritu deben producir, para acreditar un concepto de significación, obras fecundas en las que se perciba el continuado esfuerzo de superación del autor, evidenciado a través de sucesivos trabajos en la eliminación de los defectos. Queremos establecer ahora la diferencia que estimamos existe entre concepto y arquetipo.
Mientras aquél es el producto del juicio de los demás en correspondiente equivalencia con los merecimientos del conceptuado, el arquetipo viene a representar el conjunto de todas las virtudes y valores conquistados por el ser, los que forman la personalidad ideal o lo que es igual, la estructuración de la vida inmaterial que influye tanto cuando encarna la vida física como cuando ésta desaparece de la humana naturaleza.
Si el empeño del espíritu en modelar un arquetipo psicológico superior al común trasciende, diríase, los siglos, desde que ha sido puesto de manifiesto en todas las épocas, no podría concebirse que afán tan justo y sublime sea antojadizamente tronchado con la muerte del cuerpo; por el contrario. He ahí estampada sobre la inmensidad del tiempo y del espacio, la primera enseñanza que nos habla de la eternidad de la Creación. Esa ley suprema establece, y toda alta reflexión así debe concebirlo, la perfecta unidad de la existencia universal, y por lo mismo que la existencia del ser humano no está excluida de ella, éste no puede perecer aunque fenezca su vida en calidad de tal; debe existir pese a la muerte y experimentar, alguna vez será revelado este secreto, la realidad de ese existir tal como puede experimentarlo durante su vida física. Por lo pronto, bueno será no perder de vista a los que edificaron un arquetipo muy por encima del común, tan descalabrado este último como lleno de defectos. A quien observe con natural y buena visión, no escaparán detalles de inapreciable valor al fijar la vista en aquellos que hoy nos hacen escuchar, utilizando la boca de otros como si fuera la propia, lo mismo que dijeron hace siglos, para señalar un rumbo o ejercer una influencia directa en el sentir de los que buscan una inspiración en sus palabras.
Hay estatuas que se erigen inmortalizando a las grandes figuras consagradas por la opinión general; ellas tienen la virtud de suscitar el comentario de cuantos se detienen frente a ellas, renovándose en forma permanente el recuerdo de los pensamientos que animaron sus existencias, como asimismo sus hechos, sus esfuerzos y sus sacrificios. ¿Acaso estas mismas almas que superaron la vida humana no hacen inclinar con toda reverencia a quienes acuden a sus sepulcros para conmemorar las dos fechas que concretaron el período de su existencia entre nosotros o para tributar, como sucede a veces, homenajes a fechas que fueron faustas para los pueblos o para el mundo por hechos que jalonaban etapas de sus vidas?
Sea, pues, ello la mejor demostración de la supervivencia del alma. ¿Y qué otra cosa podría pedir el ser humano para labrar su grandeza, si se constituyese, al evocar esos altos ejemplos, en infatigable e inteligente obrero de su propia vida?
De la capacidad individual, el esfuerzo, el empeño y la consagración, dependerá la altura alcanzada en la edificación del propio arquetipo en la realización de esta obra personal.
Carlos Bernardo González Pecotche Revista Logosofía ®Junio 1944